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Toma la palabra…Carlos Díaz Domínguez

carlos1Cuando anuncié a una persona que iba a publicar mi primer libro y que le invitaba a la presentación que iba a realizar en el Ateneo de Madrid, muy sorprendido, exclamó: “¡Caray, Carlos!, ¡no sabía que escribías!”, y en aquel momento me dieron ganas de responder: “¡Ni yo tampoco!”. Incluso a las personas que me conocían desde hacía mucho tiempo les sorprendió sobremanera eso de que hubiera escrito un libro y, no contento con quedarme ahí, que lo publicara.

Y es que yo llegué a la literatura por casualidad. A mí lo que me gustaba era el cine. De hecho, cuando en el año 1976 estaba calibrando qué estudios superiores cursaría a partir de aquel otoño, llegué a interesarme, en la Facultad de Ciencias de la Información, por la rama de Dirección Cinematográfica. Al final opté por una alternativa más segura y me decanté por la economía, licenciándome posteriormente en Ciencias Económicas, algo de lo que no me he arrepentido ni un solo día de mi vida. He disfrutado y disfruto con mi trabajo.

Vivía en un barrio de Madrid que, como todos, estaba rodeado de salas, con aquellas interminables sesiones continuas donde te metías por muy poco dinero a pasar la tarde. Desde mi butaca, y con mi bocadillo de merienda, viajaba a un sinfín de países, vivía tragedias, amores, dramas, traiciones, me reía y hasta lloraba.

Un día descubrí el Super-8. Había empezado la década de los ochenta. Después de rodar reportajes, en compañía de unos amigos rodé dos cortos con guión. Como siempre que afronto alguna empresa, con la seriedad y rigurosidad propia: escritura de guión literario, para después pasar al guión cinematográfico y “story board”. Posteriormente seguí con la localización de exteriores, actores, efectos, sonido, doblaje… ¡qué bien nos lo pasamos! Madrugones para los rodajes, viajes, ¡corten!, montaje, iluminación, títulos… Aquello fue una experiencia fascinante, pero muy complicada. Había que movilizar a muchas personas, medios técnicos… A finales de aquella década, la cámara de Super-8 quedó guardada en el mismo cajón que mis ganas, y eso que había llegado a ser vicepresidente de una asociación de cine aficionado: AICA. El video hacía su furor y… bueno, las cosas eran distintas.

Pero el afán narrador seguía escondido en algún lugar de mi cuerpo, de mi cerebro o de mi alma, no sé muy bien en cuál. De hecho, en aquella etapa cinematográfica aprendí técnicas narrativas que posteriormente he utilizado en la elaboración de mis libros.

Y un día, más de diez años después, me pasó aquello que cambia la vida de una persona. Fue ver un anuncio en la calle acerca de un certamen literario: “Novela entre 100 y 200 páginas”. Poco tiempo antes había leído un libro de una reputada autora (ganadora de un Planeta) cuyo nombre prefiero mantener al margen. Cuando terminé aquel libro me pregunté si yo sería capaz de escribir algo así, y llegué a la conclusión de que sí, de que por qué no. “¡Vamos, Carlos!, ¿no vas a ser capaz de escribir una novela de 100 páginas?”, me animé.

Tardé un mes en escribir 120 páginas, a bolígrafo. Era septiembre de 2000. Después lo pasé a ordenador y lo puse en el mercado, pero nadie lo quiso. Absolutamente nadie. Se lo di a algunos amigos y me decían que estaba muy bien, que les había gustado mucho, que… no dejaban de ser opiniones sesgadas y yo lo sabía.

Cinco años después, mientras brujuleo por una librería de Almería,  me encuentro con un par de libros de una colección de una editorial local: Ediciones Arráez. Por la temática, pienso que mi novela puede encajar allí. Llamo a la editorial y cuento mis intenciones: “Si ocurre en Madrid no nos interesa. Nuestro mercado natural es Almería”. Pero no me conformé con la negativa inicial. Insistí y conseguí que nos pudiéramos entrevistar en persona.

Seis meses después me encontraba en el mismo estrado del Ateneo de Madrid donde habían hablado todos los Premios Nóbel de Literatura de nuestro país. Allí, un novel Carlos Díaz Domínguez recordaba en público aquella noche de diciembre del 2005: “Cuando Juan Grima, el presidente de la editorial Arráez, me acompañó al coche, nada más dejarle el manuscrito, supe que los dos haríamos todo lo posible para que hoy ustedes tengan en su mano Los impares de Sagasta”. Corría el 28 de mayo de 2006. La fecha de mi segundo nacimiento.

carlos2El paralelismo entre el cine y la literatura es tal que no sé si cuando escribo una novela también estoy escribiendo un guión cinematográfico o cuando estoy viendo una película me imagino la recreación literaria de esa escena sobre un papel: la dinámica narrativa, el conducir a los personajes a situaciones límite, la fuerza de la condición humana, la descripción de los espacios y de los sentimientos…; da igual el soporte sobre el que se sustenten, sea celuloide o celulosa.

Ya no hago películas pero vivo historias con mis personajes. Me siento en mi escondite y me imbuyo en una trama que solo fluye por mi cabeza. Sufro con sus destinos y me alegro de sus éxitos. Me enamoro y me desencanto muchas veces a lo largo de las páginas. Viajo y regreso. Muero y renazco. Y, por supuesto, cuando alguien me dice que mis personajes no existen: “¡Será para ti!”, respondo, malhumorado.

La literatura, este amor que me llegó al cumplir los cuarenta años y que me ha hecho ser una persona distinta. La literatura, como dije en aquella mañana de domingo en El Ateneo: “Lugar de encuentro entre personas”.

Gracias Carlos por tu colaboración.

6 comentarios
  1. Ale
    Ale Dice:

    ¡gracias Carlos por presentarte y contar como fue que te converstiste en autor publicado!
    ¡gracias Eva por ser la anfitriona!
    un beso,
    Ale.

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  2. Mónica-serendipia
    Mónica-serendipia Dice:

    Hace poco he leído su “Lágrimas sobre Gibraltar”, lo tengo dedicado por el autor. Sí que es cierto que tiene cierto aire cinematográfico, así que Carlos Díaz Domínguez sigue con su cine, no ha podido librarse. Le deseo mucha suerte.

    Responder

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